Por Esteban Cervantes Boira

Nunca hubiera imaginado cuando me adentraba en el valle del río Aude, dejando atrás Perpignan, con el mistral que apenas me dejada avanzar en la búsqueda de mi estimada Carcassone, a la que Viollet Le Duc supo restaurar quizás con una imagen idealizada de una ciudad medieval; cual una Venecia sin agua o lo que es lo mismo sin coches, que podría hablar con un cátaro, un rebelde, un hereje, un inconformista del siglo XI, que habría sobrevivido a la Inquisición y ahora lo hacía a los atractivos cantos de sirena de una sociedad que distingue casi exclusivamente entre riqueza y pobreza y que convierte la ignorancia en un bastión infranqueable.

A medida que avanzaba entre las montañas que insinúan el Pirineo, observo en el horizonte el perfil del castillo de Montsegur, último refugio cátaro, escenario del holocausto de los últimos sobrevivientes tenaces, indiferentes al frío y al calor, al hambre y la sed, asediados durante meses interminables.
Más adelante Puilorens, Puivert a derecha e izquierda me asaltan esos nidos de águilas, de tan difícil acceso, símbolo de refugio y de ascetismo, repletos ahora de autocares que vomitan turistas.

Como si fuera un Mr. Chance cualquiera, lo ubiqué a mi lado mientras seguíamos avanzando por el caminoque discurre junto al río Aude, estrechándose paulatinamente. Me sorprendió su extraña vestimenta, que me recordaba el hábito de los seguidores del Santo de Asís. Lo hallé en medio de la carretera con esa barba infinita y un silencio del que no podía rescatarle. Las rayas intermitentes y blancas que dividen en dos la carretera a medida que aumento la velocidad, se convierten en una sola línea y fijan la mirada de mi acompañante.

De pronto al dejar atrás un recodo de la carretera , balbucea las primeras palabras en una lengua la occitana que no entiendo y por fin consigo que me hable en la mía, la visión de Carcassone le retornó a la realidad y del silencio pasó a una conversación agotadora y apasionada.

Realmente solo tenía una vaga idea de la herejía cátara la enmarcaba en lo siglos XI, XII y principios del XIII, su nombre deviene del griego “khataros” (puros) y que desde Renania, Norte de Italia y sur de Francia promueven sus creencias, que al ser condenadas en Colonia en 1163  cuentan sus últimos refugios en los valles pirenaicos.
Ignoraban que Roma crearía la Inquisición ex profeso para ellos. Afines al gnosticismo y al maniqueísmo, fomentaban el dualismo bien-mal y luchaban contra la riqueza de la Iglesia, contra la simonía y el nepotismo, pero por lo que podía constatar en directo destacaban por su forma rigorista de vivir y crear una liturgia peculiar con sus propios ritos, sus obispos… En suma un peligro excesivo para un Papado tan poderoso en esa etapa de la Edad Media.

La simpleza religiosa como me decía provenía de una concepción pesimista y negativa del hombre y del mundo y creen en la existencia de dos reinos, el Bien con cinco moradas: Inteligencia, Razón, Pensamiento, Reflexión y Voluntad y el Mal, con cinco Abismos : humo, Fuego, Aire, Agua y Tinieblas. Para poder volver al Reino de la Luz, se deben purificar con la ascesis, no procrear y evitar todo contacto carnal, no cometer adulterio, no poseer ni cultivar, ni matar, ni comer carne, ni beber vino. Es obvio que solo algunos privilegiados (los perfectos), podía resistir el embate de todo ello, a pesar del consolamentum.

La Inquisición logró su objetivo de extinguirlos, pero difícilmente ante el rigor de estas normas hubieran sobrevivido al paso del tiempo, aunque los que asumía su credo y su fe eran irreductibles, una vez impuesta la mano derecha en la cabeza, el beso de la paz, apretón de manos, ceremonias propias de la admisión en su congregación. Los ayunos les transportaban al éxtasis, al contacto con lo divino, a un estar fuera de la propia razón, suspendiéndose la propia actividad sensorial y fisiológica, hoy la llamarais anemia o estado de precoma.

Escudo de armas de los señores de Montfort lAmaury

Escudo de armas de los señores de Montfort l'Amaury

Pero en sus creencias olvidaban que se encontraban en medio de dos reinos que disputaban su hegemonía territorial, el Reino de Francia, expandiéndose a costa del Condado de Toulouse y el reino de Aragón que deseaba evitar esa expansión y conservar sus posesiones ganadas por los catalanes, Pedro II el Católico y Felipe II Augusto. En esa orogénesis, en ese choque, un noble francés de origen inglés, Simón de Montfort, acaba con ese sueño, ni siquiera el apoyo del Conde Toulouse seguidor y protector del “catarismo” puedo evitar lo peor, el propio pedro II ve finalizados sus sueños expansivos y su vida en la batalla de Muret 1213 al sur de Toulouse, no pudiendo repetir sus hazañas victoriosas en las Navas de Tolosa, los Capetos se imponen.

Pero como nos dice Pedro Lain Entralgo , en la ESPERA Y LA ESPERANZA, un hombre sin esperanza sería un absurdo metafísico, como un hombre sin inteligencia o sin actividad.

Tanta cantidad de ideas me producía ansiedad lo que había proyectado con o un placentero viaje se estaba convirtiendo en mi propio maniqueísmo y lo más grave es que estaba llegando al convencimiento de que mi mundo actual sería susceptible de unas dosis de ese rigor, de ese ascetismo adecuado a la evolución experimentada por la sociedad actual, no exenta de alteración del sistema de valores con trabajadores de France Telecom suicidándose, desesperanza y un largo etcétera.

Me indica mi acompañante que su último intento de reconstruir el “catarismo” concluyó en 1311 con su antecesor Pierre Autier, mientras lo escuchaba meditaba sobre su reacción al ubicarlo en las largas filas de automóviles que centelleaban sus luces rojas camino de regreso a Barcelona, ¿Entendería los peajes con sus barreras levadizas en lugar de puentes? ¡Hombre vestidos de amarillo fosforescente colocando en la boca instrumentos para soplar… ¡Amplias avenidas con lujos tiendas rodeadas de estatuas con parálisis, portes tricolores, gente hablando y gesticulando con pequeños aparatos colocados en el oído y mendigos sin lazarillos pero perros escuálidos y al fin máquinas que al tocarlas vomitan billetes multicolores¡ Estoy convencido que perdería en el intento, en el traslado como un Murray cualquiera.

De pronto unos golpes en el cristal de mi vehículo me despiertan de mi profundo sueño, sobresaltándome veo a unos jóvenes altos y rubios con canoas suspendidas en sus brazos, que camino del río me vuelven a la realidad, me viene a la mente lo que dice Antonio Machado en un verso : vivir es devorar tiempo ESPERAR.

El cátaro no está ni se le espera.

Foto de Portada C.C. de Wikipedia

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Una respuesta a “Un cátaro y un turista accidental”
  1. Anonymous says:

    Excelente relato!!!

  2.  
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